Antes de que el año durara un año
Una tesis de 1980 leída desde 2026
En octubre de 1980, en Durango, Carlos Granados Montenegro presentó ante el Instituto Tecnológico una tesis titulada Análisis, Diseño y Programación de un Sistema de Facturación y Control de Inventarios. Para obtener el título de Ingeniero Industrial en Electrónica, había escrito, en lenguaje BASIC, sobre una microcomputadora North Star Horizon, lo que hoy podría llamarse sin demasiada exageración un ERP. Nueve programas integrados que conversaban entre sí a través de tres archivos en disco: clientes, proveedores y artículos. Facturación que descontaba inventario en tiempo real, pólizas de compra que lo aumentaban, resúmenes diarios y mensuales, valorización del stock, listados estadísticos que calculaban, a partir del promedio de consumo de los últimos treinta días, cuáles artículos había que resurtir y en qué cantidad para no perder ventas ni cargar con sobreinventario.
El detalle que vuelve esta tesis singular no es su ambición, que es considerable, sino su fecha. Octubre de 1980. La IBM PC no existía aún; saldría al mercado diez meses después, en agosto de 1981. La idea misma de que una pequeña empresa pudiera tener su propio sistema de cómputo era, en México, y especialmente fuera de la capital, prácticamente inexistente. En ese tiempo, las grandes empresas más adelantadas rentaban tiempo en mainframes de IBM o NCR, máquinas que ocupaban habitaciones enteras y se cobraban por horas de cómputo. Las medianas con algún nivel de modernización se conformaban con máquinas electromecánicas de contabilidad. La pequeña llevaba todo a pluma. La microcomputadora, ese animal raro traído de California unos pocos años antes, prometía cambiar esto. Pero la promesa todavía era promesa, o incluso una fantasía.
Granados Montenegro no la trató como promesa. La trató como una herramienta. La North Star Horizon sobre la que escribió era una máquina de bus S-100, procesador Z80, con decenas de kilobytes de memoria. Para dimensionar esa cifra: el sistema completo que escribió, los nueve programas más sus archivos de datos, cabría hoy varias veces dentro de una sola fotografía tomada con un teléfono. Cargaba programas desde diskettes de 5¼ pulgadas. En esa caja cabía un sistema de información completo para una distribuidora de muebles. Y cabía, sobre todo, porque el ingeniero detrás había pensado cuidadosamente cada archivo, cada subrutina y cada relación entre los nueve programas.
Hay un párrafo en el Capítulo I de la tesis que merece leerse despacio:
“Desde la aparición de la era automatizada, apenas transcurre un año, sin que las industrias electrónicas y de equipos de oficina pongan a disposición de las empresas nuevas y radicales mejoras.”
La frase no se refiere a un año concreto. Se refiere al ritmo. A la sensación de que la tecnología, en 1980, se renovaba tan rápido que ningún año transcurría sin un salto. El autor lo escribe con la naturalidad de quien lo está viviendo. Pero el párrafo continúa, y es ahí donde la mirada se vuelve histórica:
“A principios de la década de 1930, se pensaba que la mecanización de aquellos días estaba creando grandes complicaciones (…). Actualmente, quienes se especializaron en la contabilidad mecanizada se encuentran en una situación aún más difícil al enfrentarse a una técnica enteramente nueva que descarta sin piedad los métodos tanto manuales como mecanizados.”
Lo que Granados Montenegro está describiendo, sin nombrarlo así, es una transición tecnológica. Una de tantas. Lo está describiendo desde adentro (él mismo es quien descarta sin piedad los métodos anteriores) pero con la conciencia clara de que no es la primera transición y no será la última. Cincuenta años antes, las máquinas mecánicas de contabilidad habían descolocado a los tenedores de libros que llevaban registros con tinta y pluma. Casi cincuenta años después, alguien escribiría algo muy parecido sobre la gente que hoy lleva sus negocios en hojas de cálculo y se enfrenta a sistemas que razonan, redactan y analizan sin que medie un humano en cada paso.
Es difícil leer este pasaje en 2026 sin reconocer el patrón. Las mismas dinámicas se repiten con una precisión casi inquietante.
La adopción tardía. En 1980, Granados Montenegro observa que muchas compañías siguen llevando su contabilidad por medios mecánicos y aún otras por medios manuales, a pesar de que existen alternativas claramente superiores. La tecnología disponible siempre va por delante de la tecnología adoptada. Hoy, una mayoría de empresas pequeñas y medianas no usan, o apenas tantean, controles modernos, muchas menos son las que implementan herramientas de inteligencia artificial (IA) que podrían reescribir radicalmente su productividad. La inercia es la misma; cambian solo los nombres de las herramientas que se postergan.
La resistencia desde el oficio anterior. Él lo nota en los contadores especializados en métodos mecanizados, que se encuentran “en una situación aún más difícil” frente a la nueva tecnología. Hoy lo vemos en analistas, escritores, programadores, abogados que oscilan entre el escepticismo y la angustia frente a herramientas que hacen en segundos lo que antes definía el oficio. El argumento es siempre el mismo: la herramienta nueva es imprecisa, no es confiable, no entiende los matices, va a fallar en el momento crítico. A veces es cierto. Casi siempre es cierto, pero por menos tiempo del que sus críticos suponen.
Los costos como pretexto y como realidad. La tesis dedica páginas enteras a justificar por qué una minicomputadora, no un mainframe rentado a precios exorbitantes, es la opción económicamente viable para una empresa pequeña. El argumento es estructuralmente idéntico al que cualquier empresa hace hoy entre contratar consultores especializados y desplegar un asistente de IA. La pregunta de fondo no es si la herramienta funciona; es si justifica su costo de entrada para quien no la había usado nunca.
Y la democratización como horizonte. Esta es, quizá, la coincidencia más importante. Antes de la microcomputadora, el cómputo era para quien podía pagarlo. Después, dejó de serlo. Antes del modelo de lenguaje, el análisis experto era para quien podía contratarlo. Después, si la historia se repite como parece que se repite, dejará de serlo también. El gran movimiento de fondo, en ambos casos, es el mismo: una capacidad que estaba reservada se vuelve, de pronto, accesible.
La tesis cierra con una línea que, en su momento, debió sonar como un acto de fe. Hoy se lee como una profecía cumplida y, simultáneamente, como una promesa que vuelve a hacerse:
“Al aplicarlo en una minicomputadora, se ve que por fin se hace realidad la antigua promesa que nos ofrecía la computadora hace muchos años, ser una herramienta al servicio del hombre en cualquier campo o nivel.”
Hace muchos años. La frase tiene una textura particular cuando uno la lee en 2026. Granados Montenegro está hablando de una promesa que en 1980 ya tenía décadas y que él, con su tesis y sus nueve programas en BASIC, estaba ayudando a cumplir. Cuarenta y seis años después, otra promesa de la misma familia, que la inteligencia computacional sea finalmente una herramienta al servicio del hombre en cualquier campo o nivel, está dejando de ser promesa.
El año, parecería, sigue durando menos de un año.